
En 1875, el escritor francés Stendhal, en su visita a la ciudad de Florencia, se sintió afectado a tal punto en la contemplación de obras de arte que escribió:
«mi sentimiento es tan profundo que da pena. Todo esto le da claridad a mi alma. Si tan sólo pudiera olvidarlo...»Desde entonces, los psicólogos califican con el nombre de
El Síndrome de Stendhal a una extraña enfermedad que ocasionales visitantes sufren en los museos.
Algunos reducen los síntomas del síndrome a
una enfermedad psicosomática a la que también denominan
el mal del viajero romántico.
Aquí, preferimos pensar que el arte no será arte en tanto no transforme, en tanto no interpele, en tanto no logre abolir la distancia entre obra y observador.
El sueño de la razón produce monstruos, avisó Goya.
¿No vivimos acaso en una cultura masturbatoria que fagocita a los artistas, incapaz de vivir las revelaciones de unos pocos, ocasionando la apropiación neurótica de quienes
ardieron en el lenguaje?
Tal vez, entre la estática, nos movemos como dioses extraviados y, cada tanto, una experiencia como un cuadro o un poema, nos conectan con esa vida no vivida, que comienza a rasgar la superficie de la mediocridad a la que estamos adheridos. Entonces, allí tenemos el aviso de
Artaud o
Hölderlin. Ya lo dijo
Rilke, la contemplación de lo divino,
es el primer grado de lo terrible que podemos soportar.
Allí ubicamos el síndrome: ver lo que somos pensando lo que podríamos ser.
¿Es esto lo que sobrevivió a la cruzada contra un mundo de palabras que jamás le han salvado la vida a nadie, contra la cárcel del lenguaje incapaz de comunicar la definitiva revelación del espíritu, contra un arte masturbatorio de museos y bibliotecas, contra una cultura congelada y no en movimiento, contra la dictadura de la inútil razón bienpensante de Occidente?
¿Dónde están la escritura con sangre de
Nietzsche, los chamananes, el ritual sublime del arte,
capaz de redimir al hombre, de transformarlo, de golpearlo físicamente, de despertarlo?
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